viernes, 9 de agosto de 2013

Nuestro hijo mayor, Ángel, ya tiene casi cuatro años. Pero cuando tan solo era un bebé de ocho meses, se comenzó a hinchar, a poner rojo y a vomitar cuando le dimos su primera papilla ¡con trazas de leche! Hasta ese momento, no habíamos tenido ningún problema con su alimentación. A raiz de esta primera experiencia, primera visita con el médico alergólogo. Y primeras pruebas cutáneas. Resultado: alérgico de alto grado a la leche, al huevo y a los frutos secos. Este es un resumen de sus primeros resultados cuando tenía nueve meses de edad:

Alfa-lactoalbúmina: clase IV - 42,2
Beta-lactoalbúmina: clase VI - mayor a 100
Caseína: clase V - 73,6
Ovoalbúmina: clase V - 67,4
Ovomucoide: clase I - 0,53
Clara huevo: clase V - 59
Yema huevo: clase III - 15,3
Y varias alergias más de clase II y III en diversos frutos secos.

Comenzó a tomar leche de soja en polvo (Blemil Plus Soja), la cuál ya solo la cambió por la leche de soja Hacendado cuando cumplió tres años.



En casa, ahora todos tomamos leche de soja Hacendado. Por experiencia, si no lo hubiéramos hecho y siguiéramos bebiendo leche de vaca, sabemos que una gotita puede caer en cualquier lado y que sobre todo los niños son capaces de encontrarla.

Aprovecho para comentar que tenemos dos estropajos para fregar: uno para Ángel y otro para el resto.

Hasta los tres años se puede decir que fue normal: papillas a base de carne (cerdo, cordero o conejo) o pescado, primeros encuentros con los panes de tiendas de dietética, lectura exhaustiva de las etiquetas de los alimentos (esas trazas...). Pero gracias a que con esas edades, todavía los niños no interaccionan mucho entre ellos no hubo problemas en la guardería de contactos con otros alimentos ni de exclusión.



A partir de los tres años, y en la escuela, todo se ha hecho un poco más difícil:

- Hay desayunos en clase
- El niño se pregunta ¿por qué no puedo comer esto?
- Los niños se mueven y se tocan todo el tiempo
- En el patio del recreo, los niños también comen y beben

De hecho, al segundo mes de clase, nos llamaron del colegio para que fueramos con urgencia a recogerle. Había tocado o comido algo y tenía la cara hinchada. Fue mi mujer y le hizo unas fotos, ufff. El antihistamínico (Polaramine) hizo su efecto y el hinchamiento empezó a disminuir.
Días más tarde nos reunimos con el director del colegio y su tutora para ver cómo se puede evitar un caso similar. Conclusiones: después de los desayunos matinales todos los niños se lavan las manos. Semanalmente, una persona limpiará los juguetes y el material de clase. Ángel se sentará en una mesa con los compañeros más tranquilos. A pesar de estas medidas, que son buenas, mi propuesta de eliminar los desayunos matinales fue denegada (¡yo no tenía desayunos en clase! ¡desayunaba en casa y luego comía!).

El director del centro nos dijo que no podía asegurar que no volviera a pasar otra vez el suceso de la reacción alérgica. Afortunadamente, ha pasado el curso y no se ha repetido.


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